Cazar Mariposas por Rosa Olivares

Saber dónde empieza y dónde acaba la infancia es una tarea complicada. No es un problema nuevo, en la antigüedad se empezaron a marcar franjas de edad que con el paso del tiempo se ensanchan y eternizan, empujando a la adolescencia hasta lo que, hasta hace muy poco, era ya una edad adulta. Si con los griegos la infancia acababa a los siete años, hoy en día llega, en los países más desarrollados, hasta los dieciséis, una edad en la que la frontera con la edad adulta está marcada por los deseos sexuales y la necesidad de independencia. Igualmente, el aspecto de los niños ha cambiado profundamente. Hoy en día son como los adultos pero en pequeño, miniaturas creadas por los padres, que realizan en sus hijos un look que no siempre pueden conseguir sobre ellos mismos. O, por el contrario, los convertimos en la imagen de una infancia tópica, ideal, sacada de los cuentos infantiles y de los deseos de nuestras abuelas. Es cada vez más difícil saber si un niño tiene diez o quince años, siete o doce, por su aspecto, por sus actitudes físicas, por la insolencia o la inocencia de sus miradas. La publicidad ha justificado una tipología sofisticada de una pederastia de lujo en la que niñas hacen de modelos de ropa interior, y niños y niñas de dudosa edad nos inducen al consumo, a la lujuria y a la frustración con sus gestos y sus miradas entre inocentes y obscenas.


Los diez años nos parecen un punto adecuado para esa inflexión entre la infancia y la adolescencia. A los diez años, la inocencia se ha desvanecido casi en su totalidad, el cuerpo apunta los primeros signos de transformación, y la sexualidad ha hecho presencia en sueños y duermevelas. Ese cambio no es de un día para otro, no es como en el cuento de La Cenicienta que, de golpe, con la última campanada, se convierte de bella princesa en sucia criada y su carroza en calabaza. No, cuando el niño llega a los diez años no descabalga del caballo de la pureza y se transforma en un molesto y violento adolescente. Ese cambio ha venido realizándose desde hace tiempo y aún tardará en finalizar años. Incluso en muchos adultos podemos ver atisbos de lo que fueron en su infancia. En la mirada de los ancianos asoman sus ojos de niño. Tal vez siempre mantengamos con nosotros algo de nuestra infancia y, posiblemente, lo que somos ahora siempre estuvo a flor de piel en nuestros años de colegio, en juegos más o menos infantiles, recreos y veraneos familiares. Tal vez la infancia sea una invención de los adultos, solamente la proyección de lo que quisimos ser una vez, de todo lo que perdimos para siempre. Una construcción ideal con todo lo que creemos bueno y que finalmente convertimos en perverso, y por eso los cuentos infantiles son el trasfondo de algo innombrable: el terror profundo de los miedos de los niños. La inocencia perdida, la fragilidad de sus cuerpos y la pureza de sus mentes; todo hace de la infancia un lugar poblado de riesgos y de dudas, de sombrías experiencias y de salvajes vivencias, allí donde todo es nuevo y donde todo puede suceder. En la infancia estamos abiertos, expuestos a todo, y cuando crecemos empezamos a poder decidir. Con la libertad llega la responsabilidad y con la consciencia final del propio cuerpo llega el deseo del cuerpo del otro. Pero no siempre es así, hay niños que son adultos antes de los diez, y niñas que son madres antes de los diez. Una realidad cambiante según la geografía y la geopolítica de la realidad.
En el mapa de la imaginación de los adultos, la infancia es un espejismo, una ilusión, y por eso algunos adultos no quieren crecer y desearían vivir siempre en el mundo aislado del Nunca Jamás con hadas, piratas y princesas indias. ¿Son felices los niños? ¿Alguien se ha preguntado si en ese mundo que construimos para nuestros niños ellos son felices, o simplemente les abrumamos con lo que creemos que les hará felices? Si realmente son felices no puedo entender porque nos miran desde las fotografías con esas miradas tristes, como mariposas cazadas y colocadas en el álbum. Sujetas con alfileres al papel, solitarias y perdidas para siempre, prisioneras de su belleza. Otro símbolo de lo que nunca seremos, de lo que nunca fuimos. Por eso las cazamos y las coleccionamos. Como los niños que llenan las páginas de esta revista, niños vistos a través de los ojos de los adultos. Adultos que echan de menos su infancia perdida, los sueños rotos, que adoran a los niños, a sus hijos, a los hijos de todos, o tal vez los odien, pero en cualquier caso los fotografían como quien caza mariposas: atrapando su belleza y su singularidad y fijándola ya para siempre al margen del paso del tiempo.

Hemos escogido esta simbólica cifra, 10, para centrar una etapa efímera de nuestras vidas. Un símbolo de la inocencia y la ilusión. Un momento en el que ya formada, en gran parte, nuestra personalidad y lo que seremos, todavía somos capaces de ilusionarnos, de creer en un futuro insondable, de caminar alegremente hacía el dolor, el fracaso y la muerte, de arriesgarnos a vivir. Porque la infancia no es otra cosa que el inicio de la madurez. Diez años que pueden ser casi diez o poco más de diez, una línea frágil y flexible que marca el final y el principio de todo. Que finalmente es sólo un cumpleaños.
Una vez más hemos procurado reunir no sólo a los artistas más conocidos, a los históricos, sino a una selección amplia y variada de formas de retratar la infancia hoy: jugando en la naturaleza, posando con su juguete preferido, en clase, bajo la mirada de sus madres o de sus padres, a través de la desencantada y brutal visión del fotógrafo que sabe que detrás de esa aparente fragilidad hay un mundo de hierro, que en esa inocencia anida la turbulencia de la maldad, sabiendo que los niños somos también nosotros, siempre.

En algún lugar se escribe que el niño es la estrella de la fotografía doméstica y comercial, la clave del mundo de la publicidad y del consumo. Lo primero que hacemos cuando nace un niño es fotografiarlo, lo segundo mostrar esa foto a todo el mundo. En nuestras casas, en nuestras carteras, en nuestros ordenadores, las fotografías de nuestros niños (hijos, sobrinos, amigos..., da igual) son un común denominador. Cada padre puede tener miles de imágenes de sus hijos antes de llegar a cumplir diez años. Pero quién sabe si los niños son felices. Tal vez con tanto fotografiarlos no seamos capaces de verlos realmente.
En la fotografía actual, con la admisión nuevamente del retrato como género artístico, el niño ha vuelto a ser uno de los puntos de referencia básicos. Y entre todos los fotógrafos algunos de ellos se han centrado en la imagen de sus hijos durante años, haciendo de sus fotografías más que un álbum familiar un negocio familiar, pasando de la autobiografía a la autobiografía del niño. Esa amorosa mirada ha sido en ocasiones transformadora de una forma de ver, y ha construido una galería de imágenes que oscilan entre la belleza suprema, el análisis sociológico, la tristeza y la crítica social. Pero, ¿qué opina el niño de estar siempre bajo la lente de sus padres? Emmet, el hijo varón de Sally Mann, presente en toda su serie de Immediate Family cuando cumplió once años (uno más que diez) le dijo a su madre que ya bastaba, que ya no le fotografiase desnudo nunca más. Con esa negativa a ser fotografiado desnudo proclamaba el fin de la infancia, el fin de la inocencia, el inicio de la libertad y de la independencia, el derecho a su propia imagen. La infancia te impide crecer, y todas estas fotografías de niños, igual que todas las fotografías de sus hijos que guarda en su casa, igual que todas las fotografías que en la historia se han hecho de cualquier niño, atrapan la infancia y la convierten en un cadáver. El cadáver bello de una mariposa, pero un cadáver, finalmente. Al atraparlos en una fotografía se les impide crecer, se les ata para siempre, se les atrapa en ese momento sin posibilidad de queja, de poder decir "no me hagas más fotografías, déjame seguir viviendo". Y esas imágenes son lo que quedan de nuestra infancia, reconstruyendo para siempre la idea que los adultos tenemos de ese momento fugaz en el que tuvimos diez años.
 
Artículo de la Revista EXIT Noviembre / Diciembre 2010 / Enero 2011