¿Me ayudas a dibujar?

La enseñanza del dibujo está determinada por los contextos histórico-culturales y por las concepciones que en ellos imperan. Nosotros no escapamos a esta realidad y no podemos plantearnos ofrecer una respuesta “verdadera” en lo que concierne a este tema, sino respuestas que provengan del análisis de nuestra circunstancia de vida y como tales, provisorias y discutibles.

En vez de dar una respuesta me interesa problematizar el tema, y desde allí plantearme los desafíos metodológicos, pensando en el niño de tres años. Yo privilegio y lo asumo, una postura pragmática, donde la metodología es válida si funciona, si es útil para lograr los objetivos que nos proponemos alcanzar. Por esta razón me parece importante la reflexión acerca del dibujo como actividad humana y humanizante, y como dice Eisner con objetivos contextuales y objetivos esenciales.



Para pensar en los diferentes contextos donde se plantea el problema, les contaré de un artista uruguayo, Walter Tournier, que se dedica a la animación. Él me contaba con desesperación que sus alumnos, jóvenes de 20 años aproximadamente, llegan a sus cursos y no saben dibujar. Para él, el dibujo ya tendría que estar incorporado como el caminar o el hablar. Me decía con fervor: “Dibujar es una habilidad humana que todos tenemos, ¡solo se trata de entrenarla! No todos vamos a dedicarnos a la animación, o a profesiones cuya herramienta sea el dibujo. Pero todos vamos a vivir en una cultura de la imagen, sometidos y manipulados por aquellos que dominan los medios audiovisuales.” ¿Cómo pensar en el dibujo de este pequeño de tres años sin tener en cuenta que ya estará pronto frente a una televisión o a una computadora que lo atiborrará de imágenes? Saber dibujar, ¿Lo hará más crítico, más autónomo?

Por otra parte, recordemos la descripción de Howard Gardner sobre la enseñanza del dibujo en China. En ella nos cuenta que el objetivo que los chinos persiguen a través del dibujo es la incorporación de la tradición, el sentido de pertenencia. Enseñándoles a sus niños una forma de dibujar enseñan una forma de ver el mundo.

También en nuestra cultura occidental hemos enseñado con el dibujo, formas de ver el mundo y formas de pensar. Por ejemplo, nosotros aún hoy, cuando decimos que alguien sabe dibujar, pensamos en dibujar “objetos” fotográficamente. Muchas veces para dominar el trazo proponemos una visión que aísla, que segmenta, que parcela la realidad. Como hemos hecho con nuestra ciencia positivista, y con nuestras asignaturas escolares. Enseñamos a dibujar sólo lo que vemos, o más precisamente el concepto que tenemos de aquello que queremos representar, priorizando más el significado que la forma y la calidad. Heredamos un enfoque utilitario y racionalista del dibujo. En este enfoque no interesan tanto las
cualidades que en arte hacen justamente al significado. Por otra parte y siguiendo la ley del péndulo, a partir del auge de las teorías psicoanalíticas y de las influencias de las vanguardias se dió lugar al dibujo libre, imaginario, abstracto, muchas veces en antagonismo con el uso de técnicas.

Partiendo de estas posturas contradictorias podemos plantearnos que el dibujo no tiene una finalidad única, sino que es una habilidad humana polivalente y por lo tanto no podemos buscar respuestas metodológicas si no nos preguntamos antes acerca de nuestros propios objetivos al propiciar que un niño dibuje. ¿Qué es el dibujo?¿En qué se diferencia ese trazo llamado dibujo del trazo llamado escritura? En cuanto a la escritura, no nos caben dudas de nuestro deber de intervenir y guiar. Las letras, estos dibujos tan peculiares, deben ser dibujados de tal forma que todos las podamos entender. Conforman un código, producto de una
convención aceptada socialmente, cuya finalidad es la comunicación. Pero, ¿cuáles pueden ser en nuestra cultura los objetivos del dibujo?¿Dibujamos para comunicarnos?

El dibujo como acción o conducta implica coordinar la mano con la mirada. Pero aún esta mirada es compleja:¿Qué miramos cuando dibujamos? ¿Lo que ven nuestros ojos o la imagen mental que formamos a partir de un cúmulo de sensaciones y emociones? Dibujar es por lado, una forma de plasmar lo percibido de la realidad, de organizar los datos de los sentidos. Es por otro lado, dar forma a otras realidades de nuestra psiquis, no percibidas por los sentidos. Como bien lo han planteado los artistas de las vanguardias, el trazo permite dibujar lo que no se puede ver. O como dicen los balineses, quien entra en contacto con la belleza a través de la creación artística entra en contacto con el Todo (Dios). O sea, que el dibujo no cumple únicamente el fin de comunicarnos, sino de constituirnos como seres humanos, de explorar nuestra imaginación y de nutrirla, de alimentar nuestro espíritu a través de la armonía, de crear símbolos que se originan en un inconsciente colectivo, de brindarnos la posibilidad de dar forma, de crear. Como decía Arno Stern, el dibujo (y la expresión plástica) es el pulmón por el oxigenamos nuestro psiquismo. Decimos que alguien sabe dibujar cuando sus trazos están coordinados armoniosamente con la imagen mental que quiere representar. Pero esas imágenes mentales no se forman solamente a partir de estímulos visuales, sino a partir de infinitas sensaciones táctiles, sinestésicas, auditivas, emocionales. Y sólo dibujando abiertos al fluir de toda esa memoria de vida se enriquece el trazo.

No es posible dibujar imaginativamente sin el cultivo de una actitud sensible hacia el mundo interior. A su vez esta actividad se nutre de la técnica y de la capacidad de observación. Un niño que vive el dibujo con pasión dibuja sus personajes imaginarios haciendo uso de todas las observaciones y técnicas que puede ir incorporando: texturas, sombras, líneas de fuga, de movimiento, puntos de vista, etc.

Podríamos decir que el dibujo articula conocimientos que provienen del mundo interior y exterior y esa articulación, tan peculiar de cada ser humano, conforma un rasgo de su identidad. Cada uno de nosotros tiene o puede tener una forma peculiar de dibujar.

Esta característica, que se fortalece tanto en el trabajo espontáneo y en la observación, en la experimentación y en el aprendizaje de técnicas, es la que me parece más importante en nuestro contexto de avasallamiento de la interioridad.

Para mí en este momento histórico, la importancia del dibujo tiene que ver con el desarrollo de la individuación, de la capacidad de ser un ser único, que da una organización propia al caos de los estímulos y que bien desarrollado se transforma en una herramienta importante en la conformación de un psiquismo sano y creativo.

Pero recordando a Tournier, vemos que si no intervenimos, este proceso en algún momento se detiene. ¿En qué momento?¿Cómo intervenir? A partir de las observaciones realizadas por varios estudiosos del desarrollo, en los primeros años de vida el dibujo está relacionado con aspectos sensorio motrices. Para Arno Stern, el niño dibuja no lo que ve con sus ojos sino lo que su memoria corporal imprime en el gesto.

El garabato, es la expresión gráfica de una conexión a nivel orgánico que no depende de la relación con lo visual. Poco a poco, el niño comienza a relacionar sus trazos con objetos, aunque estos no tengan visualmente ningún parecido. En este momento, el trazado adquiere una riqueza inaudita, que muchos artistas de las vanguardias supieron valorar. El niño va adquiriendo poco a poco la noción de representación. Al principio en forma absolutamente libre a nivel de forma y de lugar en el espacio e incluso en la relación con el color y luego cada vez con mayor exigencia de verosimilitud, hasta que alrededor de los ocho o nueve años empiezan a producirse los grandes problemas a nivel del dibujo, la disociación entre el acto de dibujar y la emoción y los abandonos en la práctica. En nuestra sociedad son pocos los niños que pueden seguir sintiendo el placer de dibujar, y el poder contar con el dibujo como una forma de expresión y creación, después de los 10 años.

Para evitar esta pérdida ¿cómo y cuándo intervenir? Creo que las intervenciones pueden ser muy variadas a lo largo de todo este proceso. Cuando el niño comienza a dibujar, crear un ambiente propicio como sostenía Lowenfeld sería la mejor intervención. Pero, ¿qué es un ambiente propicio? No es simplemente un espacio con determinados materiales sino que se caracteriza por el significado que el docente, los padres y la institución atribuyen a la actividad. Imaginemos una institución donde dibujar simplemente por placer tenga relevancia individual y social. La actitud del adulto es muy importante. El adulto sería el que logra establecer el punto de ansiedad óptimo, como dice Pichon Riviere, para todo aprendizaje. Un respeto y una libertad necesarias para la introspección, y a la vez un clima de estímulo a la indagación, una sutil actitud de asombro frente a lo nuevo, a la invención, un acento en los aspectos lúdicos del juego de dibujar. Una confianza y una actitud alerta en cuanto a proporcionar nuevos desafíos, Una actitud de entusiasmo y de disfrute por el proceso y por el resultado. Pero también puede este mismo adulto empezar a hacer del niño un observador. Puede enseñarle a mirar el dibujo de las nervaduras de una hoja, el dibujo de las ondas de una piedra cayendo al agua, las sombras de los cuerpos, las formas de las nubes, las líneas de la mano. Un adulto que disfruta con el dibujo logrará que sus niños disfruten también con los grandes artistas y actuará con una co-conciencia  maravillándose frente a un retrato de Rembrandt y un abstracto de Miró. Junto a sus niños dejará volar su imaginación frente a cada una de estas joyas y luego se preguntará el cómo y el porqué de las diferencias. A su vez este adulto puede empezar a sembrar un interés por comprender el lugar del dibujo en nuestro mundo. Puede acercar a los niños a la comprensión del proceso de creación de un dibujo animado, de un comic, de un logo.

Enseñarles a los niños a hacerse preguntas acerca de los dibujos que aparecen en los diarios, en la publicidad. También este adulto dará en su planificación un lugar importante a los dibujos de los niños en la ambientación de los espacios que ellos usan. En decoraciones de salones, de cuadernos, en realización de escenografías, en diarios escolares, en todo tipo de actividad donde se busque enriquecer los sentimientos de pertenencia e identidad. Sueño con una escuela (y sobre todo un liceo) donde podamos mirar las paredes y saber quien los habita.

Si un niño se detiene por una dificultad, “quiero hacer un auto, pero no sé”, este adulto deberá indagar en primer lugar a qué se debe la dificultad. En general en el niño de tres años, la dificultad puede estar relacionada con inseguridad, falta de autoestima, temor y el docente puede de muchas formas transmitirle confianza, sin hacer las cosas por él.

Para terminar citaré nuevamente a Howard Gardner: “Antes de la edad escolar cualquier tipo de formación artística formal parece innecesaria. Los niños pequeños están soberbiamente dotados para aprender del mundo de los objetos y de las personas y pueden hacer descubrimientos importantes sin necesidad de
intervención de adultos, si se exceptúa lo que atañe al apoyo y provisión de materiales.(…) Las modalidades de conocimiento intuitivas operarán sin necesidad de nada excepto de ricas oportunidades.

Sólo en el caso de niños especialmente precoces en la producción artística o en aquellos contados y raros niños que no quieren o no son capaces de emprender ninguna actividad artística visual, recomendaría cualquier tipo de intervención especial.”

 Carmen Zorilla